TESTIGO PROTEGIDO

El día que Ricardo Anaya pidió consejos a Vicente Fox

Mi nombre clave es Howard Johnson, soy un testigo protegido y te cuento todo lo que ellos no quieren que sepas

Una mañana de octubre recibí un mensaje de texto en mi ‘Oxxophone’: Ricardo Anaya, el candidato del PAN a la Presidencia de la República, visitará el Centro Fox. Un equipo de espionaje telefónico había logrado interceptar una llamada que confirmaba una reunión privada y secreta entre el ex presidente Vicente Fox y el candidato presidencial Ricardo Anaya. De inmediato me puse a trabajar.

Conseguí una camioneta vieja y destartalada, hice una parada en la Central de Abastos y me fui al rancho San Cristóbal. Apliqué la clásica: monté un puesto de sandías en la plaza principal. Ahí me quedé, con mi compañero Chesterfield, toda la mañana, vendiendo sandías a 20 y 30 pesos. Tuve muchos clientes, por cierto. Y ya se me estaban acabando las sandías y Ricardo Anaya no llegaba. Mi perro Chesterfield estaba cuidando la entrada del Centro Fox, mientras yo tenía a la vista el rancho San Cristóbal.

Llegó la tarde y Anaya nunca apareció. Recogí mi puesto de sandías y me fui a casa. Al día siguiente regresamos muy temprano a montar el puesto de sandías. Se vendían tan bien, que mi escudero Chesterfield me sugirió cambiar de oficio.

Al mediodía, de repente, llegaron dos camionetas grandes y lujosas y se estacionaron frente al rancho San Cristóbal, afuera de la casa de Mercedes Ángel, la señora que ayuda a los Fox en la comunidad y donde yo entraba a hacer del baño. A lo lejos, vi que se bajó de la camioneta Ricardo Anaya, junto con Santiago Creel.

Llamé por teléfono a mi oficina central y dejé un mensaje: “La mercancía llegó bien. Ya está en la casa del antes número uno”

Un empleado de la hacienda salió a recibirlos. Vicente Fox ya estaba parado en la puerta principal, esperándolos, junto a Chesterfield que había logrado colarse hasta la cocina. Yo estuve afuera durante casi media hora, tratando de entrar, hasta que vi la posibilidad de infiltrarme sin problemas.

Este rancho lo conozco como mi propia casa. Aquí viví casi seis años en la administración de Vicente Fox, infiltrado de jardinero y jornalero para cuidar al Presidente sin que él se diera cuenta. Me hice invisible durante todo ese tiempo para estar al pendiente de sus movimientos, así que conozco cada rincón de la hacienda.

Me metí al baño y mandé llamar a un mesero, lo dormí con éter y lo puse a descansar en el retrete. Tomé su casaca y su gafete y me integré al servicio. Entonces me di cuenta que estaban reunidos en El Granero, un espacio especial y encantador de la hacienda San Cristóbal. En ese momento vi que en la mesa también estaba Rubén Aguilar, el vocero presidencial de Vicente Fox. Aquel vocero que decía: lo que el Presidente quiso decir es.

La reunión duró casi cuatro horas. Me tocó llevar una ronda de tequilas del Maestro Tequilero, tiempo suficiente para enterarme que estaban hablando de la campaña del 2018. A distancia, pude ver la dinámica de la reunión en la mesa: Ricardo Anaya preguntaba y Vicente Fox contestaba. Anaya tenía dudas y Fox daba respuestas. En una mesa es muy fácil apreciar el rol de cada quien. En una mesa se puede descifrar quién es el que pide el favor y quien es el que lo concede. De tal forma que puedo decir con seguridad que Ricardo Anaya vino a pedir un favor.

Al atardecer concluyó la reunión, muy cordialmente. Yo desperté al mesero dormido, regresé al puesto de sandías y mandé un mensaje a mi autoridad superior. Un mensaje para destruirse en cinco segundos: ¡Ricardo Anaya vino a pedir consejos a Vicente Fox!.

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