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Enfermera: el oficio más peligroso del mundo, después de domador

Elena, trabajadora sanitaria del Seguro Social, cuenta la experiencia de vivir tan cerca del coronavirus y tan lejos de su familia durante la pandemia. “Yo soy de alto riesgo. Mientras estoy aquí, soy de alto riesgo. Entonces le pedí a mi mamá que cuidara a mi hija”, platica.

Ella le tiene miedo al virus. Ella quisiera renunciar en el hospital e irse lejos, pero no puede hacerlo porque necesita el trabajo. Ella ejerce el oficio más peligroso del mundo hoy día: trabajadora sanitaria de un hospital del Seguro Social en medio de una pandemia mortal llamada coronavirus.

“Tengo mucho miedo”, dice Elena, al salir del hospital. “Pero Dios me protegerá”.

Ser trabajador sanitario en estos tiempos es tan peligroso como ser domador de leones. Como ganarse la vida cazando tiburones. Ella acepta platicar con De Ocho News de lo que realmente piensa y siente, pero pide ser llamada Elena, para no ser identificada por sus jefes del hospital.

Ella debe combatir al virus, sin verlo, teniéndolo cerca, con riesgo de recibir un garrazo o una mordida mortal. Hay un temor fundado: En la Ciudad de México, en la Clínica 30, acaba de morir infectado el doctor Pepe Porras, quien había pedido estar en la primera línea de combate. En Veracruz, fue infectada Rosita, una señora que trabajaba como guardia de seguridad de la Clínica 71 del IMSS y murió en cuestión de días. Y en Guanajuato ya son 26 trabajadores de salud que están contagiados de Covid-19.

La capacidad de destrucción del enemigo, está documentada. En España se han enfermedado 26 mil doctores y enfermeras (y han muerto 26 trabajadores sanitarios en esta pandemia). Una enfermera de Italia, Daniela Trezzi, se suicidó hace días porque fue contagiada y no quería contagiar a los demás.

La primera batalla es psicológica.

En León, médicos y enfermeros de la Clínica T-1 y de la Unidad 58, hicieron un paro hace días y exigieron equipo de protección. “No me niego a trabajar, requiero protección”, decían las pancartas. Días después, se dio otro plantón en la Clínica T-48. “Exigimos material de calidad”, decían las cartulinas.

En ocho estados del país ha habido protestas por falta de insumos de protección, como cubrebocas, guantes y batas impermeables. Es como si mandaran a un domador a enfrentar a los leones sin un latigo. Los mismos doctores y enfermeros -que se prepararon toda su vida para esto-, están asustados.

Elena trabaja con temor. Ella recibe a los enfermos. Ella los ve entrar devastados al hospital por los efectos del virus. Ella vive con un alto grado de exposición al coronavirus. Por eso ella se compró sus cubrebocas y sus guantes, con su dinero. Ella ha tomado sus precauciones. Ella carga su gel antibacterial en la bolsa. Ella se lava las manos 20 o 30 veces al día, pero trabaja aterrada.

Ahí viene el coronavirus.

El personal de salud entiende que su responsabilidad es encarar la pandemia desde su trinchera. ¿Pero a qué precio? ¿Los médicos están dispuestos a dar la vida por los demás?.

Elena sí daría su vida en el cumplimiento de su deber, pero tiene una hija pequeña. Ella no puede dejar a su niña sin madre. Así que ella quiso retirarse y olvidarse de todo: un día se reportó enferma. Se fue al Sindicato Nacional de Trabajadores del Seguro Social y fingió estar enferma. Ella exageró al explicar cómo se sentía. “Les dije que no podía dormir, que no estaba en condiciones de trabajar, pero no me creyeron”, confiesa. Le dieron unas pastillas para dormir y unos antidepresivos y la mandaron a trabajar. Después ella pidió una permiso laboral para ausentarse y no se lo dieron. Le dijeron que en esta época no hay permisos.

Una amiga suya, sí consiguió una incapacidad por enfermedad. “Mi amiga fue al Sindicato y les dijo que tenía asma y sí le creyeron”, platica. La dejaron ir a su casa, antes de que llegara el virus. Su amiga tampoco estaba enferma, pero le creyeron.

Su familia le pide que mejor renuncie. Le dicen que deje todo y se vaya a casa, con su hija. Un hermano incluso ya se ofreció a darle dinero, si es necesario. “Yo te pago tu comida. Yo te doy dinero. Pero ya salte de ahí”, le ha dicho su hermano, como si ella estuviera nadando con tiburones. Pero Elena se niega. “¿Y si me equivoco? ¿Y si renuncio y no pasa nada?”, dice.

A ella le costó mucho conseguir este empleo. Tuvo que pagar 50 mil pesos para conseguir una plaza. Es un buen trabajo. El IMSS paga bien, tiene buenas prestaciones y nunca falla. Pase lo que pase, el IMSS resiste. Es un empleo bueno para alguien como ella. Elena reflexiona: “Si me salgo de aquí, no volveré a encontrar un trabajo así”. Aquí le dan permisos para ausentarse. Aquí está segura económicamente.

Pero ahí viene el coronavirus.

Ella quiere cumplir con su responsabilidad, con plenitud y satisfacción, pero no está fácil. No tiene vocación de mártir. No espera un diploma, ni un premio, ni aplausos. Ella podría sacrificarse por los demás, pero no quiere dejar sola a su hija.

Elena es madre soltera. Su niña la necesita.

Ella ha tomado decisiones importantes en estos días: Por ejemplo decidió quedarse sola en casa y enviar a su hija con la abuela, una señora de la tercera edad que no puede recibir visitas.

“Yo soy de alto riesgo. Mientras estoy aquí, soy de alto riesgo. Entonces le pedí a mi mamá que cuidara a mi hija. Se la llevó y está allá. Tengo un mes sin verla”, platica. “No quiero verla, porque no quiero contagiarla. Si un día me infecto, seré yo sola. No quiero infectar a mi hija, ni a mi madre”, dice. Ella resiste. Ella aguanta. “Me voy a quedar sin ver a mi hija, hasta que pase la pandemia”, afirma.

El virus agarra al IMSS con las defensas bajas. El Covid-19 llega justo cuando hay una reestructuración interna. No hay dinero y no hay medicinas. Tampoco hay una estrategia. No hay claridad en el mensaje a los trabajadores. Y lo peor: no hay ánimo.

Al contrario, hay un desánimo institucional. Los trabajadores sanitarios se sienten maltratados por la Institución. Aún así, sí hay espíritu de grupo. Hay solidaridad entre compañeros, hay orgullo por el oficio y ha salido a flote el sentido de responsabilidad. Hay doctoras y doctores que cumplen con su labor y que están a la altura de la pandemia.

Ella está muy nerviosa. Ella tiene cada vez más sentimientos encontrados. A veces cree que el coronavirus la va a atrapar y va a terminar con su vida como con Rosita en Veracruz. Pero también a veces cree que todo saldrá bien y que salvarán muchas vidas. A veces ella piensa que está arriesgando demasiado como Pepe Porras en la Clínica 30 del DF. Pero también a veces piensa que vale la pena arriesgar.

Todo el día ella piensa en eso: En el riesgo del oficio. En el peligro de ser sanitario. En la estadística. En la probabilidad. En la posibilidad de salir infectada. En la posibilidad de librarla y salvar su empleo, como un domador encara al león y sale victorioso, tal y como un pescador enfrenta al tiburón o justo como un médico combate al coronavirus.

“Dios me protegerá”, dice.

 

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Pablo César Carrillo

Periodista de estos tiempos.

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